HOY VIVE DE CRISTO POR MEDIO DEL SALMO RESPONSORIAL

SALMO RESPONSORIAL
Día 18 de marzo, domingo III de Cuaresma, ciclo A
Salmo 94

Escucharemos tu voz, Señor


Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva;
Entremos a su presencia dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos.
Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque El es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que El guía.
“No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto,
Cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”.

Hemos escuchado en la primera lectura del libro del Éxodo, el episodio de la reyerta de Masá y Meribá; cuando el pueblo cansado del camino del desierto y sediento dudó de Dios y de su protección, aunque habían experimentado sus cuidados con grandes prodigios, desde que les liberó de la esclavitud de Egipto, y murmuraban de Dios. Moisés clamó a Dios y Dios, que siempre escucha, les dio agua de una roca de la que hizo brotar abundantemente, porque estaba con ellos y oyó sus quejas. Es muy oportuno responder a esta lectura cantando el salmo 94, que en sus dos primeros versos nos invita a alabar a Dios por sus cuidados y le invoca como Roca que nos salva. El final del salmo cita textualmente este episodio de la reyerta de Meribá.

Así vemos cómo los salmos fueron naciendo de experiencias vividas. Son testimonios, aunque a veces la distancia y la poesía nos lo dificultan, pero son oraciones testimoniales. Después de haber experimentado la salvación de Dios, seguramente que el pueblo hizo fiesta, bailando y cantando las alabanzas al Señor que era su Roca de Salvación, que estaba con ellos.

El salmo 94 (95) es uno de los salmos invitatorios de la liturgia actual. Es un Himno a Yahveh, Señor del Universo y pastor de Israel, Dios de Israel. Desde el primer verso recibimos la invitación a alabar al Señor reconociendo sus atributos, es Roca porque da firmeza, es estable, y las obras que hace a favor de sus siervos, les cuida y salva. Tiene un tono festivo y alegre. Aunque al final hay unas palabras de amonestación, justamente las últimas que cantaremos, que son reproducidas del Pentateuco, del episodio de Éxodo y Números, cuando el pueblo se amotinó contra Yahveh. Por esto se ha visto que podía haber sido usado en alguna liturgia festiva, donde se da la invitación a entrar con alegres cantos en el templo, lugar de la presencia de Dios (versos 1-5), y después a escuchar la voz del sacerdote (versos 6-7). Y por fin vendría la voz del profeta, que en nombre de Dios amonesta para que el pueblo de hoy obtenga el favor con las disposiciones de confianza, recordándole el episodio de la gran rebeldía, donde el pueblo rebelde no disfrutó al fin de la promesa; alertado el pueblo actual acoja la promesa y la disfrute. (8-11).

En el salmo entero, sólo cantamos unos versos, apreciamos que hay una repetición de la invitación a la alabanza y de los motivos para ella. Como es propio de todos los himnos de alabanza se inician por una invitación. En este salmo el autor quiere alabar en comunión con otros; por eso invita: “Venid”, “demos vítores a la Roca” “entremos a su presencia dándole gracias”, y enseguida empieza a declarar los motivos que son el reconocimiento de la superioridad de Dios, Creador, sobre toda la creación, que le pertenece; sobre todos los dioses de la tierra, también es creador de su pueblo, del hombre.Estos motivos están expresados con recursos poéticos que hacen que lleguen más profundamente. Dios tiene en sus manos la tierra; esto ya indica que quiere tener relaciones con su creación. El hombre es la principal obra de la misma, y también quiere tener relación con nosotros. En este salmo encontramos expresiones bellísimas y apropiadas para dirigirnos a Dios.

Las lecturas de este domingo III de Cuaresma nos hablan del agua que es signo del bautismo, y también se identifica con el Espíritu Santo que hace nacer el don de la fe en la Samaritana y en nosotros si acudimos a Jesús. Desde la sed de agua, la samaritana llega al reconocimiento del Mesías; así aprendemos que el camino de la fe llega desde nuestras necesidades concretas hasta el encuentro con Cristo.

En la 2ª lectura nos dice S. Pablo, que el amor de Dios ha sido derramado sobre nosotros, como agua, con el Espíritu Santo que se nos ha dado. La gracia nos ha venido por Jesucristo, que en todo momento está a nuestro lado, nos busca en nuestros quehaceres para traernos el don de la fe, hablarnos de su amor y de nuestra realidad, para que, reconociendo dónde estamos, nos decidamos a ir a Él.

Jesús es la roca que nos salva, porque de El, de su costado, ha brotado el agua viva del Espíritu Santo que nos hace renacer.

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