VIACRUCIS CON MOTIVO DEL JUBILEO DOMINICANO

"QUE CRISTO SEA EN CADA UNO"

Padre Domingo, Maestro de la Verdad y discípulo orante de Jesús, enciende en la vida de cada uno de nosotros, tus hijos, el fuego del amor.

Haz que arda en nuestras entrañas el deseo de anunciar el Nombre de Jesucristo y de proclamar su fidelidad con nuestra vida. Mirando a Cristo en este viacrucis acompañado por el testimonio de nuestros hermanos, revélanos el secreto de tu intimidad con Dios y ayúdanos a vivir sumergidos en este Misterio de Amor, iluminando las realidades presentes.

PRIMERA ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

Mandó el mandarín que me metiesen en la cárcel con los pies en el cepo. Respondo yo con un intérprete a todo lo que nos imponen, y los bien intencionados quedaron bien satisfechos, pero para los malintencionados no bastan razones ni letrados. Rogad para que nuestro Señor me de valor si acaso se ofrece el volver a padecer por Él nuevos tormentos y al fin glorificarlo por la muerte.
(Carta del bto. Francisco de Capillas, mártir)

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús carga la cruz.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

Hay una anécdota emotiva que nos permite penetrar en la sensibilidad religiosa de Tomás. Cuenta su biógrafo que en la oración de Completas, durante el tiempo de Cuaresma, cuando se cantaba el responsorio "Media vita", no podía contener el llanto al llegar a las palabras: "No nos rechaces en la vejez, cuando nos van faltando las fuerzas no nos abandones, Señor". Tomás retoma estas mismas palabras al comentar la sexta petición del Padrenuestro, que dice: "No nos dejes caer en la tentación". Sus lágrimas parecen expresar el deseo ardiente de llegar a la contemplación de Dios, deseo sobre el que tanto escribió, y el temor de verlo debilitarse con la pérdida del vigor juvenil.

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

Domingo quería abrir su Orden al mundo, cosa que sólo era posible con la aprobación del papa. Fueron a hablar con Inocencio III, sin embargo, los padres del IV Concilio de Letrán, asustados por la multiplicación abusiva de reglas religiosas, decretaron que no se aprobase ninguna Orden nueva. El papa le ordenó que fuera al encuentro de sus hermanos y que eligieran una regla antigua que fuera la más favorable a su instituto. Domingo tuvo que regresar a Toulouse con las manos vacías.

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

CUARTA ESTACIÓN: Jesús encuentra a su madre, María.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

Es célebre el relato que cuenta que, estando Domingo en oración, tuvo una visión en la que vio a la Virgen sentada a la derecha del Señor, rodeada de un gran número de bienaventurados, y se echó a llorar porque no vio a nadie de su Orden. Pero el Señor lo consoló diciendo: "Tu Orden la he confiado a mi madre". Y en ese mismo momento María abrió su manto bajo el que estaban reunidos sus hijos e hijas. Esta visión fue contada por Domingo a los frailes y monjas en el monasterio de San Sixto de Roma.

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

QUINTA ESTACIÓN: Jesús es ayudado por el Cirineo.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

Martín de Porres tiene un sueño que Dios le desbarata: “Pasar desapercibido y ser el último”. Su anhelo es seguir a Jesús de Nazaret. Se le confía la limpieza de la casa; su escoba será, con la cruz, la gran compañera de su vida. Sirve y atiende a todos, pero no es de todos comprendido. Un día cortaba el pelo y hacía el cerquillo a un estudiante. Éste molesto ante la mejor sonrisa de fray Martín, no duda en insultarle: "¡Perro mulato! ¡Hipócrita!" La respuesta fue, de nuevo, una generosa sonrisa.

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

SEXTA ESTACIÓN: Verónica limpia el rostro de Jesús.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

El amor y la ternura de Inés de Montepulciano para con Dios eran tan singulares como los favores con que era correspondida. En su oración, que era continua, recibía los más inefables regalos de su Esposo. Así, se cuenta en la leyenda de la santa que "unas veces era levantada en alto; otras, cubríase su capa de copos blancos, en forma de cruz, o brotaban lirios en el lugar donde se había arrodillado, así como que repetidas veces la recreó la Reina del Cielo depositando al Niño Jesús en sus brazos virginales".

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

SÉPTIMA ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

Domingo y sus compañeros caminaban descalzos por caminos irisados de piedras y por senderos cubiertos de nieve. Un día en que caminaban descalzos por un camino con demasiadas piedrecitas y muy afiladas, el santo exclamó: "¡La próxima predicación tendrá grandes frutos, porque los hemos ganado con estos sufrimientos!". Y así sucedió en verdad.

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

OCTAVA ESTACIÓN: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

La obediencia de San Juan Macías era tan pronta que, sin formar juicio de lo que le mandaban, inmediatamente lo cumplía. Bastaba con que el superior le hiciese la más mínima señal o indicación para dejar hasta los mismos ejercicios espirituales y hacer lo que le mandaban.

Su caridad con los pobres fue grande en socorrerlos y consolarlos, para lo cual se daban ayuda los nobles de la ciudad y de otras partes. En cada pobre veía a Jesucristo.

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

NOVENA ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

Oraba muchas veces Domingo lanzándose todo rostro a tierra, y lloraba y gemía muy fuertemente, diciendo: "No soy digno de ver la altura del cielo por la muchedumbre de mis pecados". Y también: "Es humillada hasta el polvo nuestra ánima, allegose a la tierra nuestro vientre. ¡Redímeme, Señor!"

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

DÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es despojado de sus vestiduras.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

Eran tiempos de continuas guerras contra los moros y entre los mismos príncipes cristianos. Una gran hambre sobrevino a toda aquella región de Palencia. Domingo se compadeció profundamente de los pobres y les fue entregando sus pertenencias. Llegó el momento en que sólo le quedaba lo que más preciaba: sus libros. Entonces pensó: "¿Cómo podré yo seguir estudiando en pieles muertas (pergaminos), cuando hermanos míos en carne viva se mueren de hambre?" Y vendió sus libros para ayudar a los pobres.

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

UNDÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es clavado en la Cruz.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

En la visión, Cristo crucificado le tendía los brazos y ella se esforzaba por asemejarse a Él. Catalina de Siena tuvo la impresión de que Dios se había llevado su corazón. Y pocos días más tarde, viéndose envuelta en una luz que provenía del cielo, se le apareció el Salvador portando en sus manos un rojo corazón del que emanaba intenso fulgor. Se acercó a ella y abrió su costado izquierdo introduciéndoselo, al tiempo que le decía: "Hija, el otro día me llevé tu corazón; hoy te entrego el mío y de aquí en adelante lo tendrás para siempre".

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

DUODÉCIMA ESTACIÓN: Jesús muere en la Cruz.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

Santo Domingo, totalmente desgastado de tanto trabajar y sacrificarse por el Reino de Dios, se sintió falto de fuerzas, estando en Bolonia, la ciudad donde había vivido sus últimos años. Tuvieron que prestarle un colchón porque no tenía. Y el 6 de agosto de 1221, mientras le rezaban las oraciones por los agonizantes, cuando le decían: "Que todos los ángeles y santos salgan a recibirte", dijo: "¡Qué hermoso, qué hermoso!" y expiró.

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

DÉCIMOTERCERA ESTACIÓN: Jesús es bajado de la Cruz y puesto en brazos de su Madre.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

Habiendo llegado a Roma, Reginaldo fue preso de una grave enfermedad. En medio de los ardores de la calentura, la Reina del cielo y Madre de misericordia, siempre Virgen, María, se le apareció visiblemente, y, ungiéndole con cierto bálsamo que traía, dijo estas palabras: "Unjo tus pies con óleo santo como preparación del Evangelio de la paz". Y, acto seguido, le mostró el hábito completo de la Orden. Al punto quedó sano. Ante este fehaciente milagro, Reginaldo solicitó ingresar en la Orden de Predicadores.

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

DECIMOCUARTA ESTACIÓN: Jesús es sepultado.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

San Juan de Colonia es un testigo del amor hasta las últimas consecuencias, hasta dar la vida por quien más ama y a quien tenía por modelo: Jesús Crucificado. Su vida sacerdotal y dominicana está alentada por una espiritualidad de amor entrañable a la Madre de Jesús. Vive su sacerdocio con un testimonio victimal, ya que está fortalecido por un amor inmenso a Jesús en la Eucaristía.

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

DECIMOQUINTA ESTACIÓN: La resurreción del Señor.

-Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz has redimido al mundo.

La Resurrección de Cristo es la revelación más clara de “la misericordia de Dios por los pobres pecadores”. Predicar la Resurrección consiste en predicar el nuevo camino de amistad con Dios. Ésta es la gracia de la cual fue predicador ejemplar santo Domingo, “predicador de la gracia”. Podemos así unir la feliz coincidencia de nuestro año jubilar con el Jubileo de la Iglesia: los predicadores del Evangelio son predicadores de la gracia, y los predicadores de la gracia son predicadores de la misericordia de Dios.
(De la carta del Maestro de la Orden con motivo del inicio del Jubileo Dominicano)

-Señor, pequé, ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

ORACIONES FINALES POR LAS INTENCIONES DEL PAPA

Padre Nuestro...
Ave María...
Gloria...

VIVE DE CRISTO
Noviciado MM. Dominicas de Lerma www.dominicaslerma.es

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