LA HORMIGA QUE AMABA SER PEQUEÑA

CUENTO BREVE

Vivían en un hormiguero una multitud enorme de hormigas, todas muy ocupadas en trabajar,

desde primera hora de la mañana, hasta última hora de la tarde. Trabajaban y trabajaban, por buscar comida, para que cuando llegase el invierno no les faltase el alimento. Pero aquellas hormigas no eran felices, a la mayoría de ellas, aquellas cargas las amargaba; todos los días era lo mismo, trabajaban sin parar y todo era muy costoso, para unos cuerpos tan pequeños, y unas patitas tan pequeñitas, con las distancias tan largas que tenían que recorrer. Todo lo que hacían, no las hacia felices

Pero un día una de aquellas hormigas negras, levantó los ojos para mirar a otra hormiga que era roja, y estaba allí cerca. Nunca antes se había fijado en ella, pues no tenía tiempo, además no le preocupaban las demás, lo único que le preocupaba era buscar comida. Pero cuando la miró le pareció que estaba sonriendo. No lo podía creer, aquella hormiguita roja estaba cargando con un enorme grano de trigo y… ¡estaba sonriendo! ¡no podía ser cierto, pensó!: seguro que ha sido un efecto visual causado por el calor y el cansancio!.

Así que se acercó y la preguntó: Pero…
¿tú acaso eres feliz, con esta vida que nos ha tocado de obreras, donde no hacemos más que trabajar y caminar, como locas de arriba para bajo, en busca de alimento?... ¿Y tú por qué eres roja y no negra como todas?...


La hormiga roja la miró, dejó su carga en el suelo y le dijo: ¿Quieres que te diga el secreto para ser feliz, a pesar de nuestro trabajo tan duro y nuestro cuerpo tan pequeño?...


Y la hormiga negra con sus dos antenas totalmente disparadas esperando encontrar el descanso que buscaba movió su pequeña cabeza afirmando la pregunta.
“El secreto está en que yo amo ser así de pequeña”.


¡Pero eso es imposible! replicó enfadada la hormiga negra, yo no puedo amar lo que me está haciendo que mi vida sea un fastidio.
Tú no puedes como yo tampoco podía, yo era como tú, sólo pensaba: “mientras yo pueda no pediré ayuda a nadie, cargaré yo con todo el peso”. Hasta que llegó un día en que ya no podía seguir viviendo así, y entonces mi vida cambió, cuando ya no podía más.


Un día mientras lloraba le dije a Dios que ya no podía más, que todo me sobrepasaba, y entonces, Dios me dijo: “te voy a decir una cosa muy importante, y lo voy a grabar en tu corazón”.  “Yo amo que seas así de pequeña, yo te quiero así y necesito de tu pequeñez, para que los demás me conozcan”; y te voy a dar algo más, te voy a dar el que puedas conocer a mi hijo Jesucristo, que te va a enseñar a amarte así de pequeña, porque también Él te ama por ser así de pequeña.


Estas palabras cambiaron mi vida, y entonces lo comprendí todo; Dios me podía haber creado caballo, o águila, o gusano, pero no, quiso que fuera una pequeña hormiga a la que amaba con infinito amor. Yo era como tú, y como todas, siempre vestida de negro, y preocupada por esforzarme cada día más; pero al conocer a Jesucristo, y al experimentar que Él estaba vivo y que me amaba, todo cambió para mí, porque la fuerza ya no la sacaba desde mí, sino que se las pedía a Él, y cuanto más pobre estaba, más fuerza me brotaba de dentro, para cargar con unos granos imposibles de mover. Por eso siempre sonrío, porque sigo siendo pequeña, y en mi pequeñez se manifiesta que Dios es muy grande.


Es el abandono y la gratitud, lo que ahora brota de mi corazón. Es el amor mi querida hermana, lo que mueve mi vida, del corazón es de donde me rebosa la fuerza, para trabajar todo el día, el amor que Dios me tiene al verme tan pequeña y es por eso por lo que soy roja, por todo el amor de Dios, que vive dentro de mí, y se me manifiesta hacia fuera.

Pero…. Dijo la hormiga negra un poco confundida: “Pero todo eso que dices es muy bonito, trabajar movidas por el amor, que luego a la hora de trabajar es el instinto, la rutina, y nuestra condición de seres creados para trabajar lo que nos mueve, y a acabar por entristecernos.


Tienes razón, es verdad, lo que dices y a mi muchas veces me pasa que me dejo llevar por la corriente, a lo largo del día sin acordarme del amor de Dios, pero… ¿sabes que hago cuando llega el fin de la tarde y me doy cuenta que he vivido sin amar? Le digo a Jesucristo, “Señor, tú ves mi pequeñez y todas las obras que hoy he realizado y lo mucho que he trabajado, te pido que pongas tú el amor que le falta a todas mis obras, donde yo he trabajado por inercia o por rutina, pon tú amor a ese acto. ¡Pon tú, todo el amor que yo no he puesto en este día! Y así mi alma rebosa de paz, sabiendo que cuando me presente en el ocaso de mi vida al Padre, y me pregunte por mi amor, podrá ver que todo está hecho con SU AMOR, y así lo reconocerá como suyo propio, entonces totalmente despreocupada de mis acciones, me abandonaré en sus brazos, para vivir eternamente feliz.


La hormiga roja dejó de hablar y volvió a sonreír, pues aquel era el secreto que brillaba en sus ojitos negros. Volvió a cargar su grano de trigo y marchó hacia el hormiguero, la hormiga negra la miró hasta que la perdió de vista, y después se paró a pensar todo lo que la había dicho; eran palabras de amor, que solo podía decir una hormiga que se amaba pequeña, porque Dios la había amado primero, entonces es cuando comenzó a orar para que Dios la concediera el mismo regalo que la había dado a la hormiga roja, el poderse amar así de pequeña y el poder amar lo que tenía que hacer cada momento, para que toda su vida fuera un acto de amor.

 

Y después de un tiempo...ya eran dos las hormigas rojas, que sonreían al cargar aquellos granos de trigo.

“Se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: « Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito.” (Lc 10,21)

 

Dibujos: Sor Joane Mª O.P.
Texto: Sor Aroa O.P.

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