SED PERFECTOS

43 « Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.

44 Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan,
45 para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos.
46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos?
47 Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles?
48 Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. (Mt. 5, 43-48)

La perfección de Dios es la vuelta de nuestra cabeza: donde yo digo: ama al que te cae bien o a los consanguíneos, Dios dice: a los que te odian y aborrecen, ámalos y no hagas el bien sólo a los parientes y amigos, sino a los enemigos, a los que naturalmente te desagradan o te odian o envidian…

¿Qué sucederá si hago esto? Pues que “brillará la luz en tu corazón, como la aurora y tu vida será como mediodía”. Todas las tinieblas se desplazarán y Dios aparecerá como lo que es: Luz: “Yo soy la luz del mundo y el que sigue a Jesús tiene la luz de la Vida…”, pero esto se da de bruces con nuestra razón, esto es de otra dimensión: de la dimensión de la gracia y aquí nosotros no podemos nada. Esto es cuestión de oración, “pedid y recibiréis”…

Hasta ahora no lo habíamos pedido. ¿Qué sabíamos nosotros del corazón de Dios, de un Padre Bueno que nos ha adoptado como hijos para que seamos como Él: perfectos por la sangre de su gracia que corre por las venas de nuestro espíritu?…

¡Haznos perfectos en la caridad, Señor, enséñanos a abrazar y a acoger a los que nos aborrecen! Pero tendrás que hacer Tú, Jesús, toda la obra, porque nos sentimos impotentes, pero no es así nuestra oración, que quiere ser muy confiada y entregada a Ti en tu fortaleza!...

Dios bendice a todos, malos y buenos, justos e injustos. Y esto lo hace porque ha creado a todos por amor. Si no los hubiese amado previamente, no los habría creado. Todo ser humano lleva la impronta de Dios, lo quiera o no. Son sus criaturas. Pero hijos son los que se le parecen en obrar como Él. Si hacen el mal al buscarse a sí mismos, sus obras no se parecen a las de Dios.

La gracia es la ayuda para obrar el bien, pero podemos rechazarla por soberbia o amor propio, por la búsqueda desordenada de nuestra propia excelencia. Y el obrar Dios el bien, es bendecir a todos con su sol y calor y con su lluvia y con su viento, en definitiva, con su amor…, pero el amor de Dios se ofrece y no se impone, por eso se llama Amor.

“A los que desde el principio destinó a ser sus hijos”, quiere Dios que sean como Él: que perdonen las ofensas, que las olviden y en su lugar hagan el bien al que les agravia, al que les hace daño…

Y si en este camino el yo se resiste, dice Jesús: ora, ora insistentemente por ese hermano perdido y tu corazón se ablandará, se volverá manso y humilde y entonces la gracia le regalará, como fruto maduro, el perdón y la paz, la alegría de ser hijo y no sólo creatura de Dios…

¡Señor haznos mansos y humildes de corazón para que descansemos en tus brazos y en tu corazón! María la humilde, la mansa y dulce, ayúdanos a parecernos a ti, a tu Hijo Jesús… Gracias, gracias!

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