VOSOTROS SOIS LA SAL Y LA LUZ.

13 « Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres.

14 « Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte.
15 Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa.
16 Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. (Mt. 5, 13-16)

Nosotros somos SAL y LUZ en el mundo. No dice Jesús “como la sal y como la luz”, sino que dice que lo somos en realidad. ¿Y qué hace la sal?. Lo primero, hace sabrosos los alimentos, agradables para ser comidos; segundo, conserva los alimentos para que no se pudran y duren sin descomponerse; tercero, la sal cura las heridas y las desinflama, y por último, deshace el hielo de los caminos y hace que se vuelvan agua que corre y quita el peligro de accidentes en los viajeros…

Muchas cosas hacemos como sal en el mundo: nuestras palabras sobre Jesús han de ser sabrosas, “con su pizca de sal” para que a todos llegue el Evangelio con sabor muy grato… También los cristianos conservamos la Palabra de Jesús en nuestros corazones y la damos vida entregándola y proclamándola, cuando damos a Jesús; otra cosa muy importante es que curamos las almas enfermas y desinflamamos en ellas lo que hay de pecado y egoísmo; y, por fin, somos pista libre para nuestros hermanos que pueden pisar caminos limpios. ¡Cuántas cosas somos, por gracia de Dios, sal para este mundo…!

Pero es más que seamos luz. Jesús se definió a sí mismo como luz y no como sal. Por ello, estar entre los hombres iluminando es el mayor gozo y el mejor parecido con Jesús. Pero para ser luz no hemos de tener tiniebla alguna. Al menos muy conscientes de que no queremos ocultarnos en nuestras “sombras”. De forma que al ver nuestra vida, los hermanos sientan un deseo imperioso de alabar a Dios. Si somos luz- santos, como Jesús, todos darán gloria a Dios, que es lo que el Padre desea: adoradores en espíritu y verdad, viviendo de la Luz, en la Luz y para la Luz que es Cristo en nuestras almas…

Nuestra tarea ahora es brillar. Y sabemos que no lo hacemos con luz propia. El Único que brilla por sí mismo que Jesús, el Sol que nace de lo alto; pero nosotros, sus hermanos, recibimos la luz y el calor de este Sol para que brillemos y hagamos amar a los que nos ven y contemplan… Llegará un día en que la luz de Cristo nos será propia: “ya no necesitaremos luz de lámpara o del Sol, porque el Señor Dios irradiará luz sobre nosotros y reinaremos por los siglos de los siglos…

¡Que seamos en esta tierra luz en el Señor…!

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