MARIA MAGDALENA

1 El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro.

11 Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro,
12 y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies.
13 Dícenle ellos: « Mujer, ¿por qué lloras? » Ella les respondió: « Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. »
14 Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
15 Le dice Jesús: « Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? » Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: « Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré. »
16 Jesús le dice: « María. » Ella se vuelve y le dice en hebreo: « Rabbuní » - que quiere decir: « Maestro » -.
17 Dícele Jesús: « No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios. »
18 Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.
(Jn. 20, 1.11-18)

María Magdalena no fue al sepulcro, fue a buscar a Jesús, pero para encontrarlo había de buscarle escondido en el sepulcro. La corteza donde estaba Jesús era dura: la oscuridad de la noche, la soledad, porque el amor no admite compañía; una tumba donde se supone que sólo está un cadáver, un sepulcro que estaba abierto y supuso que el cuerpo de Jesús se lo habían llevado…

Y en medio de esta congoja, su llanto y unas lágrimas desoladoras. Pero no se quedó en ellas, su amor le hizo moverse a mirar, pero sin dejar de llorar; y lo que vio no lo percibió en su realidad: dos seres celestes. Lo único real para María Magdalena era su dolor y angustia…

Y los ángeles le preguntan: ¿por qué lloras? Y Jesús se le aparece, pero no ve nada más que su deseo de tener de nuevo a su Señor. Y El añade: ¿a quién buscas? Y Jesús ya no resiste en su escondimiento y la llama como tantas veces la llamó en vida: “¡María!”. Es la voz del Amado y al reconocerle se tira sus pies y lo adora, lo besa, le manifiesta todo su corazón derramado ante El. Y El la deja, pero suavemente, como sólo sabe hacerlo el Amor; le dice que le suelte porque ya no estará más en esta tierra: se va el Padre que lo espera y también a ella y a sus hermanos los apóstoles, que Él ha elegido los primeros para ver su gloria…, ha de ir a ellos y ser el primer testigo de que Él ha resucitado…

Y María con este mandato, va muy alegre y presurosa a contar lo que le ha sucedido con Jesús.

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