DESCANSO EN LA MANSEDUMBRE DE JESÚS

28 « Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso.

29 Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.
30 Porque mi yugo es suave y mi carga ligera. » (Mt. 11, 28-30)

“Entrado se ha la esposa,
en el ameno huerto deseado.
y a su sabor reposa
el cuello reclinado,
Sobre los dulces brazos del amado”
(Canc. 29 Cántico Espiritual, San Juan de la Cruz.)

He aquí una poesía y también una oración para saber descansar en la mansedumbre de Cristo. Él siempre está con los brazos abiertos para acoger y abrazar a los heridos por la vida, de múltiples maneras. Sus brazos, acogen sin discriminación a los cansados y agobiados. Y lo que transmite su abrazo es siempre mansedumbre y humildad.

En sus brazos se destruye toda crispación y queja. Nuestro dolor puesto en su regazo nos transmite la fuerza del crucificado-resucitado. Pues no hay pena que Jesús no haga suya. Es el: “ya no vivo yo, sino Cristo que vive en mí”. Y más todavía, nuestros agobios y angustias, son suyas. Es como si le oyéramos en el silencio: “tu dolor no es tuyo, es mi dolor. No te pertenece, es mío. Tú no tienes más que ponerte a mi lado, sintiendo mi Cuerpo y mi Sangre y dejarme a mí con tu pena, Yo la llevo sobre mí, es mi Cruz, no la tuya. Tú descansa en mí y sentirás un gran alivio, porque cabe mí, lo que te parecía carga, sentirás que es ligera”. “Yo hago mías todas las cosas”. Más el primer paso es: “ir”, “venid a mí”. Pero este paso es difícil porque el agobio tiene como característica el encapsularnos en nuestro ego y parece que no podemos salir: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”: “Jesucristo con su gracia, que será la fuerza que rompa este duro caparazón para que entre a raudales la gracia de Dios, los rayos de su misericordia y compasión que tanto añoramos, cuando vamos heridos por la vida.

Y en este camino de consolación, Jesús ha asociado a María, su Madre. Ella es “Madre de misericordia” y “consuelo de los afligidos”. El recibió de Ella, el primero, las caricias de ser hombre: cuando era niño, amamantado a sus pechos y sostenido en sus primeros pasos; después, con su presencia silenciosa, pero constante, en los años de predicación, y por último, al pie de la cruz recogiendo sus sangre derramada por amor. El yugo y la carga fueron suaves para María porque Jesús estaba siempre a su lado y El llevaba lo más duro. El amor se lo hacia todo suave…

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