EL HIJO DEL HOMBRE, SEÑOR DEL SÁBADO

1 En aquel tiempo cruzaba Jesús un sábado por los sembrados. Y sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas.

2 Al verlo los fariseos, le dijeron: « Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado. »
3 Pero él les dijo: « ¿No habéis leído lo que hizo David cuando sintió hambre él y los que le acompañaban,
4 cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la Presencia, que no le era lícito comer a él, ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes?
5 ¿Tampoco habéis leído en la Ley que en día de sábado los sacerdotes, en el Templo, quebrantan el sábado sin incurrir en culpa?
6 Pues yo os digo que hay aquí algo mayor que el Templo.
7 Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio, no condenaríais a los que no tienen culpa.
8 Porque el Hijo del hombre es señor del sábado.» (Mt. 12, 1-8)

El descanso sabático era una Ley Sagrada entre los judíos. Quebrantarle era atentar contra Dios mismo. Todos los días se podía trabajar, pero el sábado era para dar culto a Dios. Mas los fariseos habían interpretado este precepto con extremismos supersticiosos: en la prohibición de la siega y la trilla, veían condenada la simple acción de frotar unas espigas y limpiar sus granos para saciar su necesidad (Ex. 34, 21)

Los discípulos de Jesús tenían hambre y arrancaron espigas para comérselas. Los fariseos, que espiaban todos los movimientos de Jesús y sus discípulos, les criticaban porque hacían lo prohibido en sábado, según su interpretación de la ley.

Jesús les sale al paso y les hablan no de la ley, sino de la misericordia. Dios no quiere sacrificios a costa del amor. El es el Señor que ha puesto las leyes justas, pero Él lo primero es Amor y Misericordia. “El sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado”. Cuando un hermano nuestro padece una miseria está reclamando de nosotros la misericordia, una atención activa para suplir sus carencias. Porque lo que hiciéramos a uno de estos pequeños, a Jesús se lo hacemos.

Y sabemos que el juicio único que Jesús nos hará a cada uno será la pregunta: ¿dónde está tu hermano que pasaba hambre o sed, o estaba desnudo o en la cárcel o necesitado…? ¿Fuiste compasivo con él, se estremecieron tus entrañas ante su pobreza que reclamaba atención y ayuda?.

No es opcional el que nos comportemos así, sino que es un mandato de Jesús, nuestro Maestro, que quiere que todos seamos como Él y su Padre Dios, para poder salvar el alma...

Vayamos y hagamos como Jesús quiere.

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