DOMINGO XXIII (T. Ordinario)

CICLO B

- JESUS VIENE A SALVAR -

Is. 35, 4-7

4 Decid a los de corazón intranquilo: ¡Animo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene vengador; es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvará.

5 Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán.

6 Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo. Pues serán alumbradas en el desierto aguas, y torrentes en la estepa,

7 se trocará la tierra abrasada en estanque, y el país árido en manantial de aguas. En la guarida donde moran los chacales verdeará la caña y el papiro.

(v. 4)         -   En un momento de desconcierto por las tribulaciones del destierro, Isaías exhorta a Israel a buscar sólo en Dios la salvación. Sabe que Dios salvará y parece que lo ve ya venir: cree y está seguro.

                  -   Isaías estimula a los de corazón apocado o abatido con una frase que asegura la certeza de la salvación: (Animo, no temáis!. El Señor sale en favor de los débiles, de los oprimidos, de los que necesitan ser salvados (40, 10).

(v. 5)         -   Es la llegada de los tiempos mesiánicos con todas las señales de fecundidad y salud que lo acompañarán. Isaías contempla esta obra salvadora bajo dos aspectos benéficos:

(v. 6-7)          a)   Transformación del desierto en vergel (v. 1-2) 6b-7)

                     b)   Curaciones milagrosas (cojos, sordos, mudos, ciegos) (5-6)

                     c)   Lo inhóspito será habitable (8-9)

                  -   Este oráculo de Isaías es preludio de la obra del Mesías que se realizó en Jesús de Nazaret (Mt. 11, 5). El inaugurará el nuevo Paraíso donde las enfermedades serán curadas, porque este nuevo Reino no soporta mal alguno; la fatiga será tan solo un mal recuerdo (Gen. 3, 19). Los sufrimientos (Gen. 3, 16) desaparecerán y las espinas del desierto (Gen. 3, 18) serán abolidas en el nuevo Éxodo.

Segunda Lectura: St. 2, 1-5

1 Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado.

2 Supongamos que entra en vuestra asamblea un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido sucio;

3 y que dirigís vuestra mirada al que lleva el vestido espléndido y le decís: « Tú, siéntate aquí, en un buen lugar »; y en cambio al pobre le decís: « Tú, quédate ahí de pie », o « Siéntate a mis pies ».

4 ¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos?

5 Escuchad, hermanos míos queridos: ¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman?

                  -   Santiago propone al cristiano una línea de conducta igual a la de Dios: Dios salva y no hace acepción de personas. Es una contradicción que aparece entre los cristiano: la preferencia incesante por los ricos y el menosprecio de los pobres. El ejemplo que pone Santiago puede ser una invención suya, mas no la enseñanza que la ha sacado, con seguridad, de su experiencia.

(v. 1)         -   La fe en Dios, en Cristo, libera al cristiano de todo servilismo medroso o interesado ante otros poderes y la razón es que Jesús habita en la gloria de Dios y cabe mayor riqueza ni posesión si nuestra fe es auténtica. Lo demás son normas mundanas y son falsas.

                  -   Hay que juzgar al hombre por lo que es ante Dios: criaturas y pecadores: todos iguales: Dios no mira las apariencias, Dios ve los corazones.

                  -   Obrando así, con acepción de personas, traicionamos nuestra vocación y nos hacemos jueces inicuos, parciales y llenos de perjuicios. Ya en el A.T. se amenaza esta acepción de personas con el juicio riguroso de Dios (Lv. 19, 15-18; Dt. 1, 17; Sal. 82; Is. 10, 1-3...). Dios nos ha de medir con la medida que midiéremos (Mt. 7, 1s.). Esta forma de obrar, escandaliza a los que están fuera de la Iglesia.

(v. 5)         -   Dios, en su infinita bondad, ama a todos y a los menos agraciados a los ojos del mundo más (I Cor. 1, 27), porque éstos, por razón de su indigencia, comprenden mejor la necesidad que tienen de ser salvados y se abren con facilidad al amor de Dios (Lc. 6, 20). La verdadera riqueza del hombre es el don de la fe, la gracia de ser ya ahora herederos del Reino de Dios.

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