SABADO SANTO

VELANDO JUNTO AL SEPULCRO EN SILENCIO

                      -     Muerto el Señor y obtenidos los necesarios permisos fue descendido su cuerpo exánime de la cruz y depositado en el sepulcro por Nicodemo y José de Arimatea. Cerraron el acceso con una gran piedra y se fueron. Todo ha terminado. Sobre el sepulcro y sobre las almas de los discípulos se hizo el más completo silencio. Un silencio hecho a partes desiguales de una enorme sensación de derrota, de decepción y de una tenue- muy tenue- esperanza en la resurrección del Maestro.

                      -     La Iglesia celebra también este silencio. Terminada la acción litúrgica del Viernes Santo, el templo queda sumido en la más completa soledad. El sagrario está vacío y abierto. El altar desnudo. Todas las luces apagadas. Dominando esta soledad la Cruz de la que pende exánime el Señor.

                      -     Hasta bien entrada la Edad Media la liturgia romana ya no tenía ningún otro oficio público hasta la Vigilia Pascual. En algunas partes, con evidente exageración, llegaron hasta mantener cerradas las iglesias.

                      -     Este sábado es como una réplica del sábado que siguió a la obra de la creación. Así como entonces, después del trabajo de la creación, descansó Dios, hoy, después del trabajo de la re-creación, de la redención, Cristo descansa en el sepulcro. Y la Iglesia, esposa brotada del costado abierto del Señor, vela en silencio junto a Él. Es una auténtica liturgia del silencio. Silencio que no es inactividad, vacío, sino contemplación, tensión contenida de un amor sin límites, que las palabras son incapaces de expresar. Tristeza profunda, esperanza gozosa. Son los dos sentimientos que dominan este gran silencio. Tristeza por la muerte de Cristo, causada por nuestros pecados. Esperanza de su triunfo, que será nuestro triunfo. Se nota como un flujo y reflujo de duelo, de expectación, de alegría contenida.

                      -     Este entrecruzarse de muerte y vida, de descenso a las entrañas de la tierra y ascensión gloriosa a lo más alto de los cielos, de ser enterrados con Cristo en la oscuridad del sepulcro y salir de él a la luz deslumbradora de los resucitados, contiene toda la dinámica de este Sábado Santo.

                      -     Velemos junto al sepulcro de nuestro Redentor. La comunidad cristiana ora y medita junto a María, la Madre de Jesús. De Ella aprende actitudes de silencio orante, de paciencia en el sufrimiento, a “guardar todas las cosas de estos días meditándolas en su corazón”. El dolor de Cristo, es también dolor de María y de toda la humanidad. Meditemos seriamente en las implicaciones que para nuestra vida tiene este hecho: Cristo, muerto en el sepulcro, Cordero cargado con todos nuestros pecados, es la imagen de nuestra condición de pecadores. Únicamente, si nos despojamos de nuestros pecados, seremos aptos para resucitar con Cristo.

                      -     “Si hemos muerto al pecado, ¿cómo seguir viviendo en él?, ¿ignoráis acaso que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, en su muerte fuimos bautizados. Fuimos sepultados con Él por el bautismo en la muerte, a fin de que, como Cristo resucitó de entre los muertos para gloria del Padre, así también vivamos una vida nueva” (Rm 6,2-4). Habiendo sido juntamente con Él enterrados en el bautismo, en quien así mismo con-resucitasteis mediante la fe en la acción de Dios que lo resucitó de entre los muertos.

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